Pisos pegajosos
Esta desigualdad social tiene su propio nombre, y como dice la frase comúnmente atribuida al autor George Steiner “lo que no se nombra no existe”, me parece transcendental que se le coloque un nombre a este tipo de desigualdad social.
Con esto podemos identificar los hechos, que factores la provocan, sus efectos, las acciones positivas que se deben implementar; así como los cambios que debemos hacer desde edades tempranas en la familia, la escuela y la sociedad en general.
Todas las que somos madres conscientes de la desigualdad social que experimentamos en esta etapa, nos identificamos por completo por el trasfondo de estos conceptos, como nos atraviesan, y entre más reflexivas somos de la desigualdad de poder entre el hombre y la mujer, nos golpea más fuerte. En virtud que cuestionamos todo aquello que no debería aceptarse como normal.
Giro 360 grados
La maternidad desde el momento de la concepción nos atraviesa, causando grandes cambios que no van sólo a nivel físico, el cambio más fuerte son todas esas barreras que debemos derribar desde el primer momento, que la sociedad conoce que estamos en periodo de gestación. Se vive el miedo a ser despedida, a que crean que no podemos sacar adelante el trabajo, que piensen que no estamos enfocadas en el trabajo. La angustia de pensar como nos vamos a ingeniar con la lactancia materna, una vez insertadas de nuevo en el mundo laboral, a conciliar el trabajo con las carga mental y física de los primeros años de vida de un ser humano totalmente dependiente.
Asu vez, una preocupación constante, de toda madre que trabaja es el tema del cuido, en países latinoamericanos, como Costa Rica, los niños tienen acceso a la educación preescolar a partir de los 4 años, antes de eso, cualquier centro de cuido infantil es privado. El Estado brinda colaboración en ese sentido únicamente a mujeres de escasos recursos. Este es todo un tema por debatir en mi país porque, aunque en la Constitución Política menciona en su artículo 78 que la educación preescolar, general básica y diversificada es obligatoria y, en el sistema público, gratuita y financiada por el Estado. Sin embargo, existe una deuda para los niños menores de 3 años.
Escaleras rotas
Este trabajo invisible de la mujer desde que es madre pesa mucho, agota, agobia. Es aquí, dónde la mujer se cuestiona que tanto puede seguir avanzando laboralmente con su nueva responsabilidad de la maternidad, muchas suman y restan; entre pagar niñeras o guarderías, y lo que van a ganar, prefieren dejar de laborar. Ah, pero esto se invisibiliza, lo hacen ver como el instinto materno, que la mujer se abandona en la maternidad, como algo altruista, pero la verdad de todo esto, se oculta que no tuvieron otra opción, más que renunciar a su vida profesional, ya sea para siempre o por un tiempo.
Entonces, vemos como ese piso es cada vez, mas pegajoso, con tantas obligaciones que genera el cuido, que son labores cíclicas, sin fin, invisibles y no valoradas. Se suma, el desgate emocional, mental que sufre la persona cuidadora, el síndrome del cuidador, ante tantos cambios y tratando de adaptarse a su nueva realidad. No le permitimos a la mujer conversarlo entre pares, sin antes ser juzgadas, no podemos reclamar esta doble carga sin antes ser calificadas de malas madres, porque se entiende por maternidad que todo se hace en nombre del “amor”.
Conciliar maternidad con el trabajo
Y aquellas, que toman el reto de seguir conciliando su vida familiar con la laboral, continúan con su realización personal, ven como esas escaleras están rotas para seguir avanzando fácilmente, juzgadas por la sociedad de madres egoístas, ambiciosas, irresponsables. Sumado a ello, tener que rendir igual que los colegas hombres, que no experimentan las dobles o triples cargas que generan la maternidad, tener que ingeniárselas para asistir a reuniones escolares, casi que pedir perdón por las ausencias en el trabajo porque un hijo se enfermó, jefes que califican, con la misma vara a las mujeres madres y a los hombres. Al final, siempre le pasamos la factura a la mujer, no se enfoca en su trabajo por estar cumpliendo con sus responsabilidades de madre.
Esas escaleras, cada vez están más rotas, conforme se acerca al techo de cristal, ese pacto social entre varones, que evita reconocer que tan competente es una mujer, salvo que la misma, lo demuestre con su trabajo. Debe trabajar más duro o el doble que el varón para ganarse el respeto de sus compañeros. Sin embargo, a pesar de alcanzar la credibilidad de los colegas, el escalón siguiente de la escalera también está roto. En la mayoría de los casos, exigen tantos requisitos para puestos de gerencia, o de alto rango, que no podemos acceder, no es porque no tengamos capacidades intelectuales. Es que no podemos cumplir con cierta formación como doctorados, maestrías, publicaciones, entre otro sin, porque la otra mitad del tiempo la debemos invertir en criar, educar y cuidar otros seres humanos. Es aquí, dónde el hombre califica para optar por puestos más calificados y mejor pagados.
Techos de Cristal
Es paradójico, porque vemos actualmente muchas mujeres en las aulas Universitarias, pero pocas llegan a gerenciar. Entre más, alta es la escalera más rota esta para las mujeres.
Maternar es el momento dónde la mujer se encuentra en una condición de vulnerabilidad inmensa, y todas las formas de desigualdad social le dan una cachetada en la cara. Suena grotesco, muy fuerte, pero es la realidad, no podemos seguir romantizando el ser madres, si seguimos teniendo pisos pegajosos, escaleras rotas y techos de cristal.
Se debe nombrar esto con su nombre y apellido, presionar para crear acciones positivas, el compromiso del Estado, familia y la sociedad con respecto a la maternidad, como una función tripartita. En consecuencia, eliminando ese concepto de autoridad parental, responsabilidad parental y en su lugar como una función social, como expresamente lo menciona el artículo 5 de la CEDAW, el cual todas y todos deberíamos tatuárnoslo.


